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Llegar a los 45 y dejar de pedir perdón por todo
Hay una cosa curiosa que me ha pasado al llegar a los 45.
No ha sido que de repente tenga todas las respuestas. No me he levantado una mañana convertida en
una mujer sabia, serena y perfectamente equilibrada. Sigo perdiendo las llaves, sigo entrando en una
habitación y olvidando para qué había entrado y sigo diciendo: “Mañana empiezo a organizar mi vida”.
Pero sí he empezado a darme cuenta de algo importante:
Me he pasado demasiados años pidiendo perdón por cosas por las que no tenía que disculparme.
Perdón por hablar.
Perdón por callarme.
Perdón por decir que no.
Perdón por tardar en contestar.
Perdón por estar cansada.
Perdón por no tener ganas de salir.
Perdón por necesitar ayuda.
Perdón por molestar, aunque no estuviera molestando absolutamente a nadie.
A veces parecía que mi existencia venía con una disculpa incorporada.
“Perdona, ¿te puedo hacer una pregunta?”
“Perdona, pero no estoy de acuerdo.”
“Perdona, hoy no puedo.”
“Perdona, necesito descansar.”
Y ahora pienso: ¿perdona por qué?
La educación de pedir permiso
Creo que muchas mujeres de mi generación hemos crecido con la idea de que debíamos ser
agradables, educadas, comprensivas y, sobre todo, no incomodar demasiado.
Podías tener carácter, pero sin pasarte.
1Podías expresar tu opinión, pero con cuidado.
Podías destacar, pero sin parecer creída.
Podías poner límites, pero procurando que nadie se sintiera mal por tus límites.
Es decir, teníamos que ser fuertes, pero no intimidantes. Seguras, pero no mandonas. Independientes,
pero siempre disponibles. Sinceras, pero sin decir nada que pudiera molestar.
Una misión facilísima. Prácticamente como hacer malabares sobre una cuerda mientras preparas la
cena y contestas mensajes de WhatsApp.
Así fuimos aprendiendo a suavizar todo lo que decíamos.
En vez de decir “no puedo”, decíamos:
“Lo siento muchísimo, de verdad, me sabe fatal, pero creo que quizá esta vez no voy a poder”.
En vez de decir “no estoy de acuerdo”, empezábamos con:
“A lo mejor soy yo, y seguramente me equivoco, pero…”
Y no. A lo mejor no eres tú. A lo mejor no te equivocas. A lo mejor simplemente tienes una opinión.
Pedir perdón para evitar conflictos
Durante mucho tiempo pensé que pedir perdón era una forma de evitar problemas.
Si yo me disculpaba primero, quizá la otra persona no se enfadaría.
Si explicaba suficientemente bien mis decisiones, quizá las entendería.
Si demostraba que me sentía culpable por decir que no, quizá seguiría pareciendo una buena persona.
Pero hay algo que he aprendido con los años: explicar demasiado una decisión no siempre hace que los
demás la respeten más.
En ocasiones ocurre justo lo contrario.
Cuantas más explicaciones das, más posibilidades parece que estás ofreciendo para que alguien
negocie contigo.
Dices:
“No puedo ir porque estoy muy cansada, he tenido una semana complicada, mañana tengo que
madrugar…”
Y te responden:
2“Bueno, pero vente solo un rato”.
Porque no han escuchado un “no”. Han escuchado una lista de obstáculos que quizá puedan resolver.
Ahora intento decir:
“Gracias, pero hoy no voy a ir”.
Punto.
Sin una presentación de PowerPoint justificando mi ausencia.
Dejar de pedir perdón no significa volverse egoísta
Aquí hay una diferencia importante.
Dejar de pedir perdón por todo no significa dejar de reconocer nuestros errores.
Cuando hago daño a alguien, cuando me equivoco, cuando incumplo un compromiso o actúo mal, por
supuesto que pido perdón.
Y procuro hacerlo de verdad.
Sin excusas.
Sin decir: “Siento que te hayas sentido así”.
Eso no es pedir perdón. Eso es colocar elegantemente la culpa en la otra persona.
Una disculpa real sería:
“Lo que hice estuvo mal. Entiendo que te haya dolido y lo siento”.
Pero una cosa es disculparse por un error y otra muy distinta es disculparse por tener necesidades,
opiniones, límites o preferencias.
No tengo que pedir perdón por necesitar tiempo a solas.
No tengo que pedir perdón por cambiar de opinión.
No tengo que pedir perdón por no aceptar un plan.
No tengo que pedir perdón por no poder ocuparme de todo.
No tengo que pedir perdón por proteger mi energía.
3A los 45 empiezas a entender que no puedes gustarle a todo el
mundo
Cuando eres más joven, puedes llegar a creer que, si te comportas de la manera correcta, todo el
mundo te querrá, te aprobará y hablará bien de ti.
Después pasan los años y descubres una verdad maravillosa y un poco incómoda:
Puedes ser amable, respetuosa, generosa y honesta, y aun así habrá gente a la que no le gustes.
Puedes hacer las cosas con la mejor intención y alguien te interpretará mal.
Puedes decir que sí veinte veces y el día que digas que no, alguien te llamará egoísta.
Puedes estar disponible durante años y bastará con que una vez priorices tus necesidades para que te
digan que has cambiado.
Y sí, has cambiado.
Menos mal.
Cambiar no siempre significa volverte peor. A veces significa dejar de abandonarte a ti misma para
mantener contentos a los demás.
El cansancio de ser siempre la comprensiva
Hay mujeres que se han acostumbrado tanto a comprender a todo el mundo que nadie se pregunta si
alguien las está comprendiendo a ellas.
Entendemos que una persona esté ocupada.
Entendemos que otra esté atravesando un mal momento.
Entendemos sus silencios, sus malas contestaciones, sus olvidos y sus ausencias.
Siempre tenemos una explicación preparada para justificar el comportamiento ajeno.
Pero cuando somos nosotras las que estamos cansadas, saturadas o necesitamos espacio, nos
sentimos culpables.
¿Por qué nos exigimos estar disponibles cuando no tenemos nada más que dar?
Hay días en los que no puedes escuchar otro problema.
Hay días en los que no quieres hablar.
Hay días en los que necesitas apagar el teléfono, meterte en la cama y ver una serie que ya has visto
tres veces porque tu cerebro no está preparado para ninguna sorpresa.
4Y eso no te convierte en una mala amiga, una mala madre, una mala pareja o una mala persona.
Te convierte en alguien cansado.
Decir que no sin montar una novela
Una de las cosas que intento practicar ahora es decir que no de una forma más sencilla.
Sin inventarme excusas.
Sin construir una coartada.
Sin sentir que tengo que demostrar ante un tribunal imaginario que mi motivo es suficientemente
importante.
“No puedo”.
“No me viene bien”.
“No quiero hacerlo”.
“Prefiero no participar”.
“No estoy cómoda con eso”.
Son frases completas.
No necesitan una tesis doctoral detrás.
Lo más difícil no es pronunciar el “no”. Lo más difícil es soportar la incomodidad que viene después.
Porque puede que la otra persona insista.
Puede que ponga mala cara.
Puede que intente hacerte sentir culpable.
Y en ese momento aparece el impulso de corregirlo todo, suavizar tu decisión y terminar diciendo que
sí.
Pero el malestar de otra persona no siempre significa que tú hayas hecho algo malo.
A veces solo significa que esa persona no ha conseguido lo que quería.
Dejar de disculparme por mi cuerpo
También he pedido perdón, de una forma más silenciosa, por mi cuerpo.
5Por no estar siempre como se supone que debería estar.
Por engordar.
Por adelgazar.
Por tener arrugas.
Por verme cansada.
Por no vestir de determinada manera.
Por no tener ya el cuerpo de los veinte.
Como si cumplir años fuera una falta de educación.
A los 45 tu cuerpo ha vivido.
Ha cambiado.
Ha soportado estrés, noches sin dormir, pérdidas, responsabilidades, trabajos, enfermedades, alegrías y
etapas difíciles.
Quizá no sea el cuerpo de los veinte, pero tampoco tiene la vida de los veinte.
Y he decidido que no voy a hablar de mí misma como si mi cuerpo fuera una decepción permanente.
Puedo querer cuidarme, encontrarme mejor o cambiar cosas sin insultarme durante el proceso.
Porque una cosa es cuidarse y otra castigarse.
Dejar de pedir perdón por ocupar espacio
Durante años muchas mujeres aprendemos a hacernos pequeñas.
A no hablar demasiado alto.
A no contar nuestros logros para no parecer presumidas.
A no corregir a alguien para no incomodarlo.
A no pedir lo que merecemos.
A no reclamar cuando algo no es justo.
Pero llega una edad en la que empiezas a pensar:
¿Y para cuándo mi turno?
6¿Cuándo voy a poder hablar sin revisar mentalmente cada frase?
¿Cuándo voy a poder celebrar algo que he conseguido sin añadir inmediatamente que tampoco ha sido
para tanto?
¿Cuándo voy a dejar de rebajarme para que nadie se sienta amenazado?
No quiero entrar en una habitación pidiendo permiso simbólicamente por estar allí.
Quiero poder decir: esto lo he hecho bien.
Esto me lo he ganado.
Esto lo sé.
En esto tengo experiencia.
Y no es arrogancia.
Es reconocimiento.
Cambiar el “perdón” por otras palabras
Algo que estoy intentando hacer es sustituir algunas disculpas automáticas por expresiones más
honestas.
En vez de decir:
“Perdón por tardar en contestar”.
Puedo decir:
“Gracias por esperar”.
En vez de:
“Perdona por contarte todo esto”.
Puedo decir:
“Gracias por escucharme”.
En vez de:
“Perdona por molestarte”.
Puedo preguntar directamente:
7“¿Es un buen momento para hablar?”
En vez de:
“Perdón, pero no puedo ayudarte”.
Puedo decir:
“Ahora mismo no puedo hacerme cargo”.
Este cambio parece pequeño, pero modifica completamente la posición desde la que hablas.
No te presentas como una molestia.
No conviertes automáticamente tus necesidades en una falta.
La culpa no siempre es una señal de que estás haciendo algo mal
Esto me parece especialmente importante.
Cuando empiezas a poner límites, puedes sentir culpa.
Pero sentir culpa no significa necesariamente que estés actuando mal.
A veces significa que estás haciendo algo nuevo.
Algo que no encaja con el papel que has representado durante muchos años.
Si siempre has sido la que soluciona los problemas, te sentirás culpable la primera vez que digas: “Esta
vez no puedo”.
Si siempre has evitado las discusiones, te sentirás culpable la primera vez que expreses claramente tu
desacuerdo.
Si siempre has priorizado a los demás, te parecerá egoísta priorizarte a ti.
Pero quizá no eres egoísta.
Quizá simplemente estás empezando a incluirte en la lista de personas a las que cuidas.
Habrá personas a las que no les guste tu nueva versión
Cuando dejas de pedir perdón por todo, algunas relaciones cambian.
Las personas que te quieren de verdad quizá necesiten adaptarse, pero respetarán tus límites.
Sin embargo, habrá otras personas a las que les gustaba más tu versión anterior.
8La que siempre decía que sí.
La que estaba disponible.
La que no protestaba.
La que aceptaba comentarios incómodos para no crear tensión.
La que resolvía los problemas de todo el mundo.
Cuando esa versión desaparece, puede que te digan:
“Antes no eras así”.
“Tienes mucho carácter últimamente”.
“Ya no se te puede decir nada”.
Y conviene preguntarse:
¿Realmente he empeorado o simplemente he dejado de ser tan fácil de manejar?
Porque a veces lo que algunas personas llaman “mal carácter” es una mujer poniendo límites sin
sonreír mientras lo hace.
No necesito justificar cada decisión
A los 45 he entendido que no todas mis decisiones necesitan ser comprendidas por todo el mundo.
No necesito convencer a nadie de que estoy cansada.
No necesito demostrar que una situación me hace daño.
No necesito conseguir la aprobación de los demás para cambiar de rumbo.
Puedo abandonar algo que ya no me hace bien.
Puedo distanciarme de una persona.
Puedo empezar de nuevo.
Puedo elegir una vida distinta de la que otros imaginaron para mí.
Y puedo hacerlo aunque alguien no lo entienda.
Porque los demás ven una parte de tu vida, pero eres tú quien vive dentro de ella.
9No soy responsable de todas las emociones de los demás
Por supuesto que debemos tratar a las personas con respeto.
Pero no podemos hacernos responsables de evitar cualquier decepción, enfado o incomodidad.
No puedes vivir tomando decisiones únicamente para que nadie se moleste.
Porque entonces la única persona que estará constantemente molesta, agotada y frustrada serás tú.
A veces alguien se sentirá decepcionado porque no puedes ayudarle.
A veces alguien se enfadará porque has puesto un límite.
A veces una persona interpretará tu distancia como rechazo.
Puedes explicarte con respeto, pero no puedes controlar la reacción de todo el mundo.
Y tratar de hacerlo es agotador.
Empezar a hablarme de otra manera
También estoy aprendiendo a dejar de disculparme ante mí misma.
A dejar de castigarme por decisiones antiguas.
A dejar de pensar constantemente en lo que debería haber hecho.
Tomé muchas decisiones con la información, la madurez y las herramientas que tenía en aquel
momento.
Algunas salieron bien.
Otras, francamente, fueron un desastre con banda sonora incluida.
Pero no puedo exigirle a la mujer que fui hace diez o veinte años que pensara como pienso hoy.
La experiencia llega después de equivocarte, no antes. Esa es la gracia cruel del asunto.
Así que intento mirarme con un poco más de compasión.
No para justificarlo todo, sino para dejar de condenarme eternamente por cada error.
¿Qué significa para mí dejar de pedir perdón?
Significa decir lo que pienso con respeto, pero sin miedo.
Significa no aceptar planes únicamente por compromiso.
10Significa no sentirme culpable por descansar.
Significa reconocer mis logros.
Significa pedir ayuda antes de llegar al límite.
Significa alejarme de situaciones que me hacen daño.
Significa dejar de explicar demasiado mis decisiones.
Significa aceptar que no voy a caerle bien a todo el mundo.
Y significa entender que mi valor no depende de lo útil, agradable o disponible que sea para los demás.
Una nueva forma de estar en el mundo
No quiero convertirme en una persona fría ni vivir pensando únicamente en mí.
Quiero seguir siendo amable, generosa y comprensiva.
Pero ya no quiero que mi amabilidad implique desaparecer.
No quiero ayudar a los demás abandonándome a mí.
No quiero mantener relaciones únicamente porque me da miedo decepcionar.
No quiero pasar la segunda mitad de mi vida intentando demostrar que merezco ocupar un lugar.
Llegar a los 45 no me ha quitado todas las inseguridades.
Pero me ha dado menos paciencia para algunas tonterías.
Y, sinceramente, eso también es crecimiento personal.
Quizá todavía me salga algún “perdón” automático.
Quizá vuelva a explicar demasiado un “no”.
Quizá algunos días siga intentando agradar a todo el mundo.
Pero ahora lo detecto.
Y cada vez que me doy cuenta, intento detenerme y preguntarme:
¿Realmente he hecho algo malo?
¿O simplemente estoy tomando una decisión que no le gusta a alguien?
11Porque no es lo mismo.
Cierre
Así que sí: estoy aprendiendo a dejar de pedir perdón por todo.
No voy a pedir perdón por cumplir años.
No voy a pedir perdón por tener límites.
No voy a pedir perdón por estar cansada.
No voy a pedir perdón por cambiar.
No voy a pedir perdón por expresar lo que necesito.
No voy a pedir perdón por no ser siempre la mujer fácil, disponible y complaciente que algunos
esperan.
Pediré perdón cuando me equivoque.
Pero no por existir.
No por ocupar espacio.
No por elegir.
No por cuidar de mí.
Porque quizá llegar a los 45 no consiste en tener la vida completamente resuelta.
Quizá consiste en empezar a vivirla sin pedir permiso constantemente.
Y, por primera vez, sin tener que añadir al final:
“Perdón por el discurso”.
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